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Hace unas semanas quedé con el grupo de amigos que hice en mis andanzas por la plaza 15-M, a los que hacía algún tiempo que no veía (tampoco demasiado, porque mantenemos el contacto y la actividad). El caso es que coincidió con que acaban de producirse las elecciones generales en Espain, e intercambiamos algunas opiniones al respecto de los previsibles resultados. En una de las conversaciones concretas con uno de ellos, llegamos a una conclusión, o mejor dicho, acuñamos un concepto que él había pensado por su cuenta y yo por la mía (y seguro que mucha más gente también lo piensa), que es curioso y muy útil para aquell@s que gustáis/gustamos de observar a las masas, sus comportamientos, maneras de pensar y demás. La idea o teoría es muy simple, quizá por ello ambos llegamos a ella por caminos distintos. Consiste en detectar una serie de personas determinadas que sirven como “medidores de opinión pública”, y extrapolando sus pensamientos sobre algunos temas, puedes saber cómo piensan las masas.
Dado que estamos en un momento convulso, hasta el/la más despistad@ y desinteresado, está siguiendo parte de la situación política y económica que acusa Espain. Vivimos tiempos convulsos, y sólo los muy estúpidos pueden mantenerse al margen de todo lo que ocurre. Así que, prácticamente todos los miembros de la población participamos, más o menos activamente, más o menos asiduamente, en debates de índole política o económica (existe diferencia en éste sistema??). Y hay una serie de personas determinadas que, ya sea por ignorancia o convencimiento, repiten la misma serie de argumentos, generalmente sacados de los medios de comunicación, o bien aprendidos de otras personas de perfil similar. Por eso, si detectas que una persona determinada, que habitualmente sigue el pensamiento único al que nos han empujado, puede serte muy útil para saber, más o menos, qué piensa la opinión pública sobre un tema determinado. En mi caso, además de algún compañero o compañera de trabajo (no names, of course), mi medidor particular es mi peor-mejor amigo. Es obvio que hay matices, que hay ideologías, que hay interés más profundos por unas cosas que por otras, por lo que una persona determinada no piensa siempre lo mismo que la opinión pública en todos los temas. E incluso hay temas en los que la propia opinión pública puede discrepar (como si fuese un señor esquizofrénico que piensa cosas distintas sobre el mismo tema). Pero a rasgos generales, si una “persona medidora” piensa de una manera determinada, o mejor dicho, si utiliza una serie de argumentos determinados sobre un tema, es que la opinión pública piensa así y ha asimilado esas ideas y/o argumentos mayoritariamente. No suele fallar. Esto es útil para medir cómo ciertas ideas que se lanzan desde los medios van calando en la población.
Como ya he contado anteriormente, llevo unos meses analizando prensa en un grupo de trabajo del 15-M, y desde entonces, mi relación con la prensa ha cambiado. Ver cómo se utilizan una serie de herramientas para orientar la opinión pública es impactante (al menos para mí), sobre todo cuando compruebas el resultado por ti mismo, con personas de verdad, no con estadísticas ni teorías marcianas.
Ejemplo: llevo casi un año “estudiando” sobre economía, leyendo multitud de artículos, noticias, blogs, entrevistas sobre el tema, pues reconozco que era un auténtico ignorante en la mayoría de temas sobre macroeconomía. Después de un año, puedo decir que, no sin esfuerzo, entiendo la mayoría de términos y conceptos que aparecen en las noticias económicas que leo a diario (que no son pocas). Para ello, he intentado leer a economistas de izquierdas y de derechas (aclaro que todos ellos defensores de la economía de mercado, por si hay dudas). Algunos de estos pensadores de izquierdas advierten desde hace mucho tiempo que la clase política va a lanzar un mensaje concreto, y que tuviésemos cuidado con él, porque era engañoso, y gracias a él, nos la meterían doblada. La idea consistía en hacer que la población (tú y yo, vamos) asimilásemos que “era necesario hacer recortes en el gasto, porque hemos gastado mucho. Y como ya no somos un país rico, no podemos gastar como tal”. Desde un punto de vista objetivo, puede ser una idea correcta, efectiva y pragmática: no te gastes más de lo que tienes. Ahora bien, si interiorizamos que es necesario recortar porque hemos gastado mucho, podemos caer en el olvido de analizar en qué nos hemos gastado el dinero, y sobre todo, quién se lo ha gastado. No me apetece ahora taladraros con detalles, números y estadísticas y demás, pues la información está ahí, si os interesa. Pero no podemos obviar que la misma clase política que ha lanzado el mensaje de necesaria austeridad (no entro a valorar colores políticos. No es necesario) es la que hasta hace un par de años ha quemado el dinero público que ahora no tenemos. Pues el mensaje ya ha calado en la opinión pública tan hondamente, como honda es la marca de mi moto. Estamos aceptando unos recortes bestiales a todos los niveles, y sólo se queja el colectivo afectado en algo concreto. Pero casi nadie pide responsabilidades por dichos gastos previos que ahora se convierten en recortes. Si bien es cierto que mayoritariamente reconocemos que el país está lleno de políticos corruptos y ladrones, casi nadie está rebelándose contra ellos (buscad noticias sobre lo que ocurre en Grecia o Portugal ante esos mismos recortes), lo cual dice mucho del nivel de apalancamiento y capacidad de reacción de nuestra espanish sosaieti.
Como soy el pesimista más optimista que existe (o era al revés), creo que llegamos a una situación de colapso, y hasta esa opinión pública es consciente de lo inaguantable de la situación. Y cuando colapse del todo (pesimista), podremos repensar la sociedad que queremos entre todos (optimista), no sólo entre unos cuantos poderosos. Y sé que será mejor. Para tod@s, además.

Estoy obsesionado (a baja escala) con algo concreto que veo a diario. Paso todos los días por delante de un CC, y hay una persona que me llama mucho la atención, pues está vendiendo kleenex en un semáforo al lado de dicho CC. La isleta de éste semáforo ha sido utilizado durante miles de años por miles de personas para vender miles de pañuelos de papel, ensuciar limpiar miles de cristales de coches, o directamente pedir miles de leuros en calderilla, por lo que no debería de sorprenderme el hecho en sí. Y no lo hace. Lo que me llama la atención es el tipo de persona que está vendiendo pañuelos. Históricamente, la venta de pañuelos y petición de donaciones de calderilla (voluntariamente o no) en la calle estaba reservada a ciertos colectivos de perfil underground: yonkis, inmigrantes sin papeles, jomeleses, y en definitiva, personas que no se integran ni participan en los mecanismos “normalizados” de ésta sociedad, ya sea por voluntad propia, o porque la propia sociedad los expulsa (tengo una teoría al respecto de estos excluidos sociales, pero quizá la desarrollaré otro día).
Pero esta persona no pertenecía a ninguno de estos colectivos, sino que era un señor de mediana edad, totalmente “normal” (con todo lo incorrecto, por “bienpensante”, que engloba de dicho término, que no me gusta nada). Podría ser mi vecino, o un antiguo compañero de trabajo, o si me apuras mi padre o el tuyo (con matices que luego explicaré). En cuanto lo vi, me llamó mucho la atención y lo comenté con mis 2/3 círculos más cercanos, porque era un claro ejemplo de lo dura que puede ser la crisis para ciertas personas. Y lo curioso es que dos personas más me han hablado de éste señor por su cuenta, haciendo referencia a que eran conscientes de que no pertenecía a dicho hábitat pedigüeño. Y es que salta mucho a la vista: señor de unos cincuenta, vestimenta estándar: pantalón de pinzas de señor de cincuenta años, su camisa de colores claros, chaqueta del carrefour, sus zapatillas deportivas, su gorra (no de propaganda) para cuando aprieta el sol, y sus gafas de visión de señor. Dado que lo veo casi todos los días con mucho interés, he buscado un patrón en sus movimientos, y se nota a la legua que no es muy hábil en la venta ambulante: está en la isleta de la avenida, esperando a que se ponga el semáforo en rojo, y cuando paran los coches, va pegado al seto central, y ofrece pañuelos a los cuatro primeros coches de la fila más cercana a él, y se vuelve otra vez a la isleta. Después de muchos años cruzándote con los que sí son hábiles en la venta y molestias ambulantes, sabes muy bien que se meten entre coches, ofreciendo su producto al mayor número de personas posibles, incluso a acompañantes, no sólo a los conductores. Incluso los que limpiaban cristales (que parece que han cambiado de sector, pues ya no se ven) tenían una elevada perspicacia para ofrecerte tus servicios, y a pesar de tus insistentes ‘noes’ iniciales (que recibían de todos los conductores), eran capaces de detectar si eres una persona un poco “blanda” en tiempo récord, para, empezar a limpiar tus cristales sin tu consentimiento, y pedirte luego dinero por el “trabajo” realizado. Y su “aracnosentido” les permitía saber, con bastante precisión, si le darías algo aunque fuese por vergüenza. Resumiendo un poco todo esto, quiero decir que la gente que habitualmente se daba a estos menesteres era MUY avispada, con una capacidad para la supervivencia bastante desarrollada. Pero éste señor no dispone de dichas habilidades.
Me gustaría, sinceramente, pararme un día y estar un rato con él, y preguntarle un montón de cosas que una parte de mí ansía saber. ¿A qué se dedicaba antes de vender pañuelos? ¿Cuánto hace que lleva en esa situación? ¿Debe mucho dinero (hipoteca, I guess)? ¿Saca mucho dinero vendiendo kleenex? ¿Cree que podría buscar alguna alternativa a la venta ambulante? No sé, me gustaría saber de su vida, ver qué ha hecho para llegar a esa situación, y que le lleva a pensar que su única salida (en estos momentos) es vender kleenex.
Somos un país pobre, y siempre lo hemos sido, aunque durante unos 10 años hemos vivido en una nube. De hecho, España debe casi 4 BILLONES de leuros, entre lo que debe el Estado, las empresas y las familias. NO éramos un país rico, sino que éramos un país con acceso a dinero barato, lo que hemos confundido con ser ricos. Y como antes sí éramos pobres, no era algo inusual escuchar frases como “si hace falta, me voy debajo de un puente” o “si tengo que vender kleenex, pues lo vendo”, o “si tengo que robar, pues robo”, ante la teórica situación de encontrarse con verdaderos apuros económicos. Intuyo que la venta ambulante era el maravilloso plan B del señor del semáforo, al igual que el mío sería irme a una ecoaldea, o al igual que una amiga/amada pensaba irse a hacer tortillas de patatas a una plataforma petrolífera (true story! Muacks ;-). Lo que pasa es que antes la vida no era tan difícil como de repente se ha tornado para muchos. Y lo que antes eran conversaciones sin sentido, ahora se convierten en realidades. Cuando antes decía que ese señor podría ser mi padre o el tuyo, decía que tenía matices, pues intuyo, sin demasiado margen de error, que nuestro amigo es una persona de perfil cultural/educativo bajo, que habrá trabajado mucho tiempo en puestos de escasa cualificación. E intuyo que nuestros padres no son de un perfil tan bajo. Pero podrían encontrarse en la misma situación financiera, aunque debido a sus diferentes perfiles, seguramente actuarían de otra manera en eso de buscarse la vida. No en vano, ayer decía la prensa que 3 de los 5 millones de parados en Espain (60%) no acabaron la ESO (y eso que hace un par de años estaba al 80%), así que a gente con menos educación, menos oportunidades para buscarse la vida. So sad :’(

El otro día, una persona conocida me dijo algo que me sorprendió bastante y activó mi piloto automático “thinking/writing about it”. Es un chaval de mi edad más o menos, que está felizmente casado, y que le gusta mogollón cocinar. De hecho en su casa siempre cocina él, nunca su mujer. Y además, parece que se le da bastante bien, y le gusta probar nuevas recetas e innovar. Vamos, que además de los espaguetis carbonara, sabe hacer algo más ;) Lo curioso es que contó que cuando vivía sin su pareja no cocinaba nada de nada. Pizzas y poco más. Me extrañó mucho, pues lo normal es que el chico que es un desastre viviendo sólo, es un desastre en pareja, al menos en lo que a cocinar se refiere. O te gusta cocinar, o delegas esa responsabilidad en tu pareja (another “Guarever theory”, totally verified), pero no empiezas a cocinar una vez vives con tu pareja. En caso de dos desastres, es la mujer quien cocinará, mayoritariamente. Pero el hecho de que cocine mogollón de platos y además super bien, da a entender que realmente no es un desastre en la cocina.
¿Qué es lo que me hizo pensar, diréis vosotr@s, mis avispados lectores? Pues que dio a entender en la conversación, que hizo el esfuerzo de empezar a cocinar por su pareja, pues parece que ella sí que no cocina ni un huevo frito. Como gesto está muy bien, es decir, te casas con la persona que quieres, y te encargas tú de cocinar, en lugar de delegar sistemáticamente esa función a tú pareja, lo cuál sería lo habitual en hombres de generaciones anteriores (y no tan anteriores) a la mía. Pero lo que me llama la atención es que viviendo él sólo no hiciese el mismo esfuerzo. Sé que no es lo mismo cocinar para uno que para más personas, pero desde mi experiencia, diré que al final es cocinar igualmente: tomas medidas, y te haces el plato que te dé la gana. Y si sobra porque te has pasado, al congelador con el excedente. Pero el hecho de que ésta persona pasase de no cocinar nada de nada (filetes no cuenta, gañanes) a ser un buen cocinero (maneja muchos registros: pastas, sopas, arroces, caldos, postres…), encierra una contradicción interesante, y no es otra que el hecho de que por lo general hagamos muchos más esfuerzos por una recompensa externa que por una interna. Me explico.
Éste chico empieza a cocinar por amor, básicamente. Su chica no cocina, así que él se presta a ello. Y estoy seguro (así me consta) que disfruta cocinando para ella, o para gente que invita a su casa. No es nada desdeñable, pues yo mismo disfruto mucho cocinando para mis parejas, o para mi familia, y varias veces al año preparo comilonas para 8/10 personas fácilmente. Pero eso no quita que para mí también cocine. Sería un poco estúpido alimentarme de ensaladas embolsadas, filetes y pizzas constantemente, si soy capaz de preparar platos más elaborados (y nutritivos, dicho de paso). Otra cosa es que no sea capaz de cocinar (some people doesn’t have what it takes. Y no pasa nada!), lo cual no es criticable. O se te da bien o no. O disfrutas haciéndolo o no. Pero ser capaz y no hacerlo por y para uno mismo, es un acto de estupidez, si lo haces para los demás.
Pensad ahora en la cantidad de esfuerzo que hacemos por dinero. Por un salario y bienestar económico que en teoría nos ofrecerá un trabajo determinado, estudiamos largas carreras universitarias. A pesar de ser vocacionales en muchas ocasiones, estos estudios nos obligan a tragarnos un montón de tostones adicionales en forma de asignaturas obligatoria, que aunque estén relacionadas con la materia, no son precisamente lo que nos gusta aprender de dicha carrera. Y luego, una vez trabajamos, igualmente asumimos una serie de obligaciones, comportamientos, rutinas, y en definitiva esfuerzos, que si la compensación no fuese económica, difícilmente llevaríamos a cabo. En este sentido tiene mucho que la cantidad de inquietudes que tengas, pero, por lo general, la gente no madrugaría diariamente por una gran cantidad de cosas que le satisfarían a uno mismo, y sí lo haría por la obligación de conseguir dinero para vivir.
Dejando de lado las implicaciones obvias inherentes a lo que supone tener o no un trabajo para la mayoría de personas (no soy tan demagogo: sé que la mayoría tenemos que trabajar para vivir), creo que deberíamos esforzarnos por nosotr@s mism@s como individuos (no confundir con ser más egoístas), y que dicho esfuerzo no sólo se realice a cambio de un refuerzo externo del tipo que sea: emocional, económico, social… ¿Seríamos capaces de vivir en una ecoaldea, por ejemplo, y currarnos la construcción de todo lo necesario para vivir, sin recibir dinero a cambio? Sería un claro ejemplo de trabajar por y para nosotr@s y para la comunidad en la que convivamos. Y creo que no todos seríamos capaces de hacerlo. Parto de la base de que el urbanita de hoy día difícilmente sería capaz de “sobrevivir” en un medio rural/natural propio de una aldea o pueblecito pequeño, porque no ha tenido que hacer casi nada manualmente en su vida. Pero no deja de ser una situación idílica en la que no te esfuerzas por una recompensa monetaria únicamente. Y además es una solución perfecta para muchos de los 5 millones de parados que dicen las encuestas pueblan nuestro país. Yo me lo planteo como una posibilidad a medio plazo, y eso que tengo trabajo, porque como ya he dicho a veces, la ciudad no está hecha para mí (o yo para ella…)

(Éste post iba a formar parte del anterior, pero decidí desglosarlo, para una mejor claridad de ideas, o para que no fuese demasiado largo…)
Otra de las cosas curiosas con respecto a las relaciones (todas ellas, no sólo las de pareja) es el reparto de poder que se genera, donde lo ideal es que exista un equilibrio, pero realmente es difícil que se produzca. Es por ello que me di cuenta, pensando en mí y extrapolando al resto del mundo (ombliguismo mode ON…), que uno de los motivos por el que muchas relaciones fracasan o se deterioran cuando ambas partes intentan tener el control de la relación en uno o varios aspectos de la relación. Y cuantos más aspectos intentemos controlar, más posibilidades de que surja el conflicto. Es cierto que hay personas que por personalidad tienden a ceder el poder y control en determinados aspectos, así como otras tienden a asumirlo de manera natural.
Basándome en mi experiencia, puedo decir que creo que soy algo controlador por naturaleza. No soy demasiado dominante en general, pero sí me gusta tener el control de la situación. Aunque suene incoherente, no lo es. No quiero imponer mi criterio a la hora de afrontar una situación, pero si hacemos lo que tú dices es porque yo así lo veo también, no porque tú lo impongas por mandato divino. Por supuesto, esto que dicho así suena a axioma irrefutable, resulta que no lo es tanto, así que dependiendo del contexto, uno acaba cediendo más o menos. Aunque la verdad es que rara vez cedo por completo, y si creo que alguien no tiene razón en su decisión (y esta me afecta) se lo voy discutir sin dudarlo. Y aunque no me afecte también!! :P
En el caso de las relaciones sentimentales, si me autoanalizo, llego a la conclusión de que mi tendencia a ceder o asumir el control está directamente relacionado con mi grado de enamoramiento/implicación, Si es una relación “ligera”, sé que el control no lo voy a ceder. Intentaré no imponerme, pero no hago concesiones gratuitas de casi ningún tipo. Recuerdo al menos un par de casos en los que me han tildado de ingobernable, quizá porque las Maria Cristinas que querían gobernar estaban acostumbradas a llevar el control de la situación en el juego de la seducción, y a que sus “presas” cayesen rendidas ante sus encantos (algo habitual en casi todas las mujeres). Cuando ven que sus técnicas de seducción/control no funcionan, se encuentran en una situación desconocida para ellas, totalmente descolocadas. Afortunada e incomprensiblemente, esta resistencia me ha servido para parecer más interesante de lo que realmente pudiese ser (bueno, la resistencia… y mi encanto y magnetismo personal ;), pues el ser humano es cabut (<– cabezón) por naturaleza, acaba por encapricharse precisamente de aquello que más se le resiste. Y recuerdo un caso concreto de flirteo que me hizo mucha gracia, pues ambos estuvimos jugando a ver quién tenía el control (de manera no premeditada, quiero creer). Cuando yo mostraba demasiado interés y me rendía ante los encantos de la chica en cuestión, ella, que pasaba a “dominar” la situación, perdía el interés en mí, al apreciar que lo tenía muy fácil. Entonces ésta se hacía la desinteresada, me daba largas, y yo acababa por pasar del tema, perdiendo también el interés. Y eso hacía que ella, que en teoría controlaba la situación, rebajase su nivel de indiferencia para intentar recuperar mi interés por ella. Yo me hacía un poco el “duro”, le daba largas, recuperando así el poder y control de la situación, hasta que la tenía donde quería. Y vuelta a empezar… Aunque no llego a pasar nada demasiado serio, pues sabía que no era mi tipo ideal ni yo el suyo, sí recuerdo que era yo incapaz de dejar el tema y pasar de ella, porque me divertía y atraía mucho la situación en sí, más que ella. Vamos, que era más excitante el juego referente al control y poder, que la propia recompensa del éxito. Si cuando digo que me gustan las situaciones complicadas, no es en vano…
Por otra parte, cuando se trata de una relación de pareja en las que me vuelco al 100%, reconozco que la cesión en el control es mucho mayor, en ocasiones cuasi total, pues yo soy muy de querer cuando me ataca “el rayo”, como le ocurre a Michael Corleone en “El Padrino”, cuando conoce a Apollonia en su exilio italiano y se enamora al instante. El enamorarte de una manera muy intensa puede hacer que pierdas la objetividad por completo, y por tanto, casi todo lo que hace la otra persona te parece genial, sin ver que igual comete fallos garrafales en algún sentido. En estos casos, esa cesión del poder y control puede ser contraproducente, pues si delegas en áreas determinadas (emocionales, o simplemente funcionales) y la otra persona no tiene las ideas muy claras en dichas áreas, la relación se convierte en algo caótica, con demasiada inestabilidad. Además puede darse el caso de que la otra persona también haya decidido ceder el control en los mismos aspectos que tú (ya sea voluntaria o involuntariamente), lo que produce una especie de vacío de poder, por lo que reina igualmente el caos y la inestabilidad.
Como sabiamente me dijo una amiga (y amada), cuando dos personas tienden de manera natural a controlar una situación, lo más probable es que acaben enfrentados y entren en conflicto. Por tanto, al final, como casi siempre, lo importante es encontrar el equilibrio, y no ceder más de la cuenta, ni imponer más de la cuenta. Pero ya sabemos (al menos yo sí lo sé, si hablo de mi persona) que el equilibrio es muy complejo de conseguir, y además, si la relación acaba funcionando, por lo general es la chica la que más controla. En todo caso, creo que el secreto para encontrar una relación satisfactoria es coincidir con alguien que controle situaciones en las que a ti no te importe ceder (e incluso te venga bien), y a la inversa, que te facilite el control en aquellos aspectos donde tú domines, ya sea por tus dotes (o por tus impulsos). Casi nada, vamos…

Las relaciones sentimentales y de pareja son una fuente increíble de estudio. Aunque no hay dos iguales, sí que hay patrones que se reconocen en muchas de ellas, pues muchos hombres repetimos comportamientos determinados, al igual que muchas mujeres también lo hacen. No sabría decir si el origen de esos comportamientos es cultural o biológico, aunque me atrevería a afirmar que es una mezcla de ambos aspectos. Hablando el otro día con un amigo, me expuso una teoría (sin demasiada profundidad, pues la conversación no iba por ahí) al respecto de lo que buscan las mujeres en prácticamente todas las relaciones de pareja (serias, añadiría yo), y no es otra cosa que la seguridad.
Según él, de un modo u otro, las mujeres, además de afecto, algo que buscamos todos (supongo), siempre buscan la obtención de seguridad por parte de la pareja. No hay que confundir con protección (física), o sustento (económico), sino que hablamos a nivel emocional. Esa búsqueda de seguridad podría traducirse en la necesidad de confiar en la otra persona, en saber que está siempre de tu parte, en saber que puedes contarle cualquier cosa, y que está a tu disposición (sin pasarse) para lo que necesites. Pero el objetivo en sí no es apoyarse constantemente en esa persona, sino en reafirmarse, o lo que es lo mismo, ganar seguridad en sí misma. Saberse querid@ ayuda a sentirse más a gusto internamente, al igual que saberse atractiv@ y desead@. Aunque el resto del mundo puede pensar que eres más fe@ que un pie (impagable expresión), si tu pareja te dice que le pareces guap@, todo lo demás importa (un poco) menos. Es razonable creer que esto nos pasa a todas las personas independientemente del género, pero creo que por cuestiones sociales/culturales/antropológicas, toda mujer tiene la necesidad de sentirse atractiva y deseada. Nada que no sepáis. Y quizá por herencia también sociocultural, también desea sentirse “protegida” por su pareja. Nuestra sociedad, que es líquida (como la define uno de los sociólogos contemporáneos más relevantes), ha permitido cambiar ese rol de protección y amparo del hombre hacia la mujer en poco tiempo, al menos en lo que a la teoría se refiere, pero la realidad es que los cambios culturales no se fraguan en una o dos generaciones, sino que tardan mucho más en asentarse en el ideario colectivo. Por eso vemos comportamientos en el día a día que todavía reflejan esa situación, aunque a veces pasen desapercibidos. Por suerte la relación entre hombre-mujer ya no presenta una dependencia real, sino que es una especie de acuerdo tácito, que acaba por convertirse en interdependencia (puede que siempre lo fuese).
Al principio no entendí del todo la teoría de mi amigo, o mejor dicho, no creía reconocer esa búsqueda de la seguridad en mis experiencias anteriores. Pero tras reflexionar al respecto, tengo que darle la razón. Analizando algunas de mis relaciones de pareja (las serias, reitero), creo que sí que había una búsqueda de cierta seguridad por parte de ellas, aunque cada una la requería de un modo distinto. Ya sabéis, no daré detalles concretos de ninguna de ellas (un beso a todas mis parejas, pasadas, presentes y futuras!! ;), porque no me parece correcto, pero sí que puedo decir que la mayoría cumplen esa búsqueda, al igual que alguna amiga a la que le he preguntado al respecto, también se ha visto reflejada. Lo más curioso es que entre ellas no tienen demasiado en común. Algunas eran algo inseguras, y podrían haber tenido alguna carencia afectiva en algún momento de sus vidas (y quién no, añadiría yo), lo cuál daría sentido a esa búsqueda de seguridad en la relación, para proyectar al final una seguridad en ellas mismas. Pero por contra, otras rebosaban seguridad en sí mismas, y habían vivido en un ambiente familiar/social idóneo, y aunque por otras vías, también buscaban esa seguridad, ya sea por una cuestión de despreocupación. Saber que tienes a alguien disponible para lo que necesites emocionalmente puede hacer que no tengas necesidades emocionales (seguridad en ti misma). Al igual que saber que tu chico piensa que eres el ser más bello que ha pisado la tierra, puede hacer que no dudes de esas adorables imperfecciones que todo cuerpo femenino tiene (más seguridad en ti misma). Eso explicaría el porqué hay chicas que son encantadoras, muy atractivas, guapísimas, que por falta de seguridad en ellas mismas, sus complejos acaban retroalimentando esa falta de seguridad y son se convierten en seres incapaces de explotar sus encantos con naturalidad. Por contra, existe una legión de mujeres que físicamente no son nada destacables ni llamativas, pero explotan alguno de sus atributos (esos que tanto agradan a los hombres), y acaban por tener éxito en el plano sexual/afectivo, y se comportan con extrema seguridad, a pesar de que esa seguridad no se ajusta a su realidad física. En éste sentido influyen mucho los gustos estéticos predominantes, que hacen que cualquier mujer que cumpla un par de criterios de los marcados por esos cánones, sea susceptible de parecer atractiva para todas esa cantidad de hombres que también siguen los mismos mandatos estéticos.
Una vez leí por ahí, o escuché, o guarever, que toda mujer adulta esconde “an insecure teenager inside” de por vida, así que su necesidad de superar ciertas inseguridades y complejos (generados por la sociedad que entre todos formamos) está presente en muchas de sus acciones. En el caso de los varones, no es menos verdad que también tenemos necesidades que satisfacer e inseguridades que reparar, pero esa presión social que también nos afecta y mucho (aunque no se hable ni reflexione sobre ello públicamente), hace que no se puedan mostrar tan abiertamente esas carencias y necesidades, como sí pueden hacen las mujeres. Puede que pronto escriba al respecto, pues ayer mismo tuve una interesante conversación al respecto with my Replicant friend ;)

Como me imagino ya sabréis la mayoría de vosotr@s, estoy participando activamente, sin llegar a ser activista, en el movimiento (r)evolucionario 15-M que desde hace unos meses ocupa en mayor o menor medida la escena política y social de Espain. Mi participación, tras un par de meses muy activos, se ha ido reduciendo a un grupo de trabajo con una tarea muy concreta: el análisis de prensa escrita. Nos hemos dedicado a analizar artículos mediante una técnica concreta, basada en la estructura de la noticia y el uso de metáforas en la misma. He aprendido mucho al respecto, y desde entonces, ya no leo las noticias con los mismos ojos, sino que el prisma que utilizo se ha agudizado bastante, y soy capaz de detectar “cosas” que a primera vista pasan desapercibidas.
Sin explicar en profundidad el método de análisis socio-metafórico utilizado, diré que los medios de comunicación (y nosotros mismos) relacionan objetos o ideas (sin relación aparente) a través de metáforas (esta es la propia definición de metáfora, vamos), y de esta manera, acabamos por asociar ambos objetos o ideas, o trasladar características de uno a otro, por la relación creada de manera artificial. Esto que suena muy teórico es fácil de entender con un par de ejemplos. Ante un teórico titular que dice tras unas elecciones “Las urnas han dictado sentencia en favor de…”, estamos atribuyendo capacidades humanas (dictar sentencia) a un objeto inanimado (las urnas), sin tener en cuenta que realmente los que han decidido uno u otro resultado son las personas que depositaron el voto en dichas urnas, no las urnas en sí (metáfora de personificación). O por ejemplo, cuando se habla de un “terremoto (o tsunami, que está muy de moda en la prensa) en las bolsas” se está atribuyendo a las actividades financieras una serie de cualidades propias de la naturaleza, que es por definición incontrolable, impredecible, devastadora en ocasiones (como lo sería un terremoto). De esta manera interiorizamos que lo que ocurre en la Bolsa es obra de la casualidad o de una serie de parámetros incontrolables, desproveyendo así de toda responsabilidad a las personas que ejecutan las actuaciones que provocan esa caída bursátil (metáfora de tipo natural). Puede parecer un poco tontería, y podemos pensar que somos mucho más listos que los medios de comunicación, pero la verdad es que no lo somos, y tenemos una serie de conceptos e ideas tan interiorizados que no nos damos ni cuenta, a no ser que hagamos un ejercicio de análisis exhaustivo de nuestro propio lenguaje. Si no de qué vamos a considerar normal aplicar “pruebas anti-estrés” a la banca (metáfora médica)? Ni que fuese un enfermo que necesita cuidado y reposo, ante una situación de ansiedad ¬_¬
Esto me llevó a pensar en nuestra relación con el lenguaje, que cada día está más infravalorado. No se valora nada la manera de expresarse, de escribir, de pensar (algo que hacemos con palabras, no nos olvidemos). No en vano, son muchos los académicos que reflexionan sobre ello. Sin ir más lejos, Mario Vargas Llosa, reciente premio Nobel de Literatura, declaró que la juventud que se dedica a ahorrar palabras al escribir está poco menos que acercándose de nuevo a los primates. Dicho así suena a desprecio (que lo es, porque en parte lo merece), pero es más una preocupación, porque cuanto peor te expresas, peor articulas los pensamientos. Y viceversa. Yo no soy un erudito ni lo pretendo, pero hace un par de años decidí mejorar mi capacidad de expresión (en éste mismo blog puede verse cierta evolución al respecto), así como a anular al máximo las faltas de ortografía que pudiese cometer. Y además, como soy un pesado de mucho cuidado, me dedico a corregir a la gente (cercana, eso sí) instándole a que hable mejor, si es posible (siempre lo es), pues el lenguaje no puede dejarse de lado. Ni tampoco podemos dejarnos llevar por las frases manidas, vacías de contenido, tergiversadas, manipuladas por parte de la prensa, los políticos, el establishment en general, que mediante una serie de términos y tecnicismos le han dado la vuelta a la realidad. Esto es lo que viene a denunciar éste recomendable artículo de otros académicos que salió hace unos días en la prensa, ante cuya lectura no pude evitar relacionar su contenido con todo lo observado y aprendido durante meses analizando diarios.
En contraposición a esta prostitución del lenguaje, salta a la vista que las ideas narradas mediante argumentos y explicaciones han sido sustituidas por la contundencia de las cifras y números, sobre todo en los medios. Rara es la noticia que no lleva un dato numérico, una estadística, un porcentaje, una relación matemática entre éste o aquél concepto. Casi nadie entiende los motivos por los que España está en crisis, o al menos la ideología de cada un@ le llevará a pensar de una manera determinada, pero todos entendemos muy bien las cifras derivadas de sus consecuencias: 5 millones de parados, 21% de tasa de desempleo, 11% de déficit, 350 puntos de prima de riesgo, aumento del IVA al 18%, recorte de 600 millones del presupuesto anual… Estoy seguro de que si pensamos en la mayoría de nuestros debates sobre el estado de la nación que seguro cada un@ lleva a cabo con sus allegados, los bailes de números son parte importante de nuestras argumentaciones. Nadie puede rebatir las cifras objetivas de los que costó la Ciudad de Las Artes y Las Ciencias de Valencia, pero seguro que cada uno puede encontrar con palabras la justificación o crítica, según su ideario político. Pero posiblemente acabemos apoyándonos en cifras para apoyar esa crítica o justificación. Creo que esto es consecuencia de la época de rendir pleitesía a las ciencias, que elevan a la enésima potencia la importancia de los números, cifras, resultados. Puede que no sea culpa de la ciencia en sí, sino de la economía de mercado tan agresiva que tenemos, donde el resultado final suele justificar el proceso para obtenerlo. Dado que hemos interiorizado que la economía debe crecer constantemente (metáfora natural, dando a entender que la economía es como una plantita que debemos regar y cuidar para que siga creciendo, porque si no lo hace, está enferma y acaba muriendo), el resultado visible es la capacidad de entender los números mucho mejor que las palabras. No en vano los números nos son interpretables (menos para quienes practican la “contabilidad creativa” ¬¬), mientras que las palabras sí. Y dado que son interpretables, también son manipulables, si no tenemos las armas suficientes para defendernos de esas manipulaciones (educación, señoras y señores, los males del mundo se acabarían con educación y conocimiento para tod@s). Espero que esta gran crisis de valores (económicos, éticos y morales) que estamos viviendo sirva para recuperar las humanidades en detrimento de las ciencias (ojo, aplicadas a la economía de mercado), que nos ha hecho subir tanto que ahora la caída será muy muy dura. Espero que éste sea el resultado del minelarismo ese que está ya a la vuelta de la esquina.

Es bien sabido por todos que las relaciones de pareja, desde hace ya bastantes años, duran mucho menos que antes. Las personas no tenemos asimilado el concepto de “para toda la vida” del mismo modo que se tenía en épocas anteriores. Es bastante evidente que la pérdida de peso o influencia de la religión en nuestra vida diaria ha tenido mucho que ver. Antes no podías separarte ni divorciarte tan fácilmente. Era la iglesia la única que podía anular un matrimonio. Bueno, también podías dejar a tu pareja, aunque el rechazo social que se genera, sea cual sea el género, era muy elevado. En el caso de las mujeres mucho más. Además, en la mayoría de los casos, se formaba un matrimonio como se forma una sociedad empresarial. Se apostaba por una persona con la que formar un hogar, tener el mayor número posible de ñiñ@s, y que esos ñiñ@s te diesen el mayor número de niet@s y así hasta el infinito y más allá.
Todos estos valores/roles/guarever han cambiado mucho. En parte, la sociedad se ha liberado de muchos patrones de comportamiento que no permitían seguir más de un camino. El Camino, con mayúsculas. Por eso, ahora si una pareja no quiere casarse pero convivir, puede hacerlo. Y si deciden no tener ñiñ@s, nadie les va a juzgar por ello. Y si deciden ser padres/madres solter@s, tampoco serán repudiad@s socialmente. E incluso, si decides no tener pareja estable, e ir replicando repicando por ahí, teniendo amantes, amig@s de cama, y manteniendo gran parte de tu espacio individual libre de a influencia de otras personas, tampoco serás juzgado. Bueno sí, quizá por aquell@s resentidos que han decidido seguir El Camino, pero que en el fondo preferirían tener más libertad. Pero vamos, que puedes vivir con cierta tranquilidad, sea cual sea tu decisión. A pesar de ello, podemos decir que, por una cuestión estadística, la gente sigue emparejándose una vez tras otra. Los hay que encadenan parejas, los hay que se toman vacaciones emocionales, y los hay que no tienen pareja porque no pueden, pero sí desearían hacerlo. Así que casi todo el mundo “like to apply for a relationship, somehow”. Y la gran mayoría de las veces no funcionan, por infinidad de motivos, y es lo que me intriga. Pero a pesar de ello, seguimos en nuestra obstinación parejil, y no creo que sea exclusivamente por una necesidad exclusivamente sexual, como podría pensarse.
No hablaré de lo que no funciona en mis relaciones, porque creo que el que no funciona soy yo. Pero sí que diré que la gente, por lo general, no aguanta nada de nada. E incluso diré que ha aumentado el número de personas que desean creer que no funciona su relación, sin que eso sea necesariamente cierto. El otro día una persona me dijo que lo había dejado con su pareja tras varios meses, porque esa otra persona estaba yendo “demasiado lejos”. Me dijo que la relación iba guay, que se llevaban muy bien y le molaba bastante, pero que estaba aumentando el tiempo de convivencia (es decir, el rato que pasaban juntos en casa de uno de ellos), y que intuía que no iba a salir bien. El motivo era la tele. Me dijo que no le gustaba nada la tele, y que a la otra persona sí, en concreto le molaba el furgol, y que pensaba que eso generaría conflictos, así que lo dejó antes de que llegase ningún conflicto real. Y en teoría le molaba esa persona y las cosas iban bien! Es sorprendente como podemos montarnos películas para evitar mantener una relación, aunque ésta no sea mala. Es un ejemplo sencillo que no sirve para extrapolar y pensar que todo el mundo reacciona igual. Tengo más ejemplos, pero como son muy personales (o muy cercanos), mejor me los callo. Pero esos ejemplos denotan una tendencia a ver montañas donde sólo hay granos de arena, y a veces ni siquiera existen, sino que somos nosotros los que vamos dibujando granitos de arena en nuestra mente, que acaban por convertirse en una playa, tarde o temprano
Entonces me pregunto yo cuál es el objetivo, aunque sea inconsciente, para que en muchas ocasiones boicoteemos nuestras propias relaciones. ¿Es el miedo al fracaso y por tanto al posterior dolor emocional? Sería relativamente coherente pensar así, pues aplicamos una especie de tratamiento preventivo. Pero otras veces podríamos decir que el miedo no es al fracaso, sino al mismo éxito. Puede que tengamos miedo a enamorarnos, a engancharnos a una persona, a perder nuestra independencia y autonomía, a perder nuestro espacio vital. También sería relativamente coherente, pues es cierto que el modelo social de pareja que todavía impera, puede ser MUY asfixiante para la mayoría de personas. Pensar en convivir a tiempo completo con una persona, por muy agradable que sea, da algo de vértigo, tal como está modelada esta sociedad. No tenemos apenas tiempo libre para nosotros, pues el mundo laboral (el que curra, clar) ocupa más de la mitad del tiempo que estás despierto durante un día (a las 8 horas de turno, más desplazamientos, hay que sumar el tiempo que le dedica aquél desgraciad@ que además se lleva trabajo mental a casa), así que poca libertad queda. Si a esto le sumamos una relación de pareja clásica (con o sin CC ;-), asume que no podrás disponer de apenas espacio propio. Y si además le sumamos la manía que tiene ésta especie de procrearse en cuanto tiene ocasión, olvídate de tu independencia, pues una vez tienes ñiñ@s, tu centro de gravedad existencial se desplaza hacia ellos, a no ser que seas la peor persona del mundo. Sólo escribir éstas frases ya me producen estrés (no, es broma. Llevo muy bien el estrés ;-). Todo esto explicaría, en parte, la gran tasa de divorcios y rupturas sentimentales que se dan hoy día. No en vano, la duración media de los matrimonios es de 15.5 años, y hay que tener en cuenta que hay mucha gente de 50/60 que se sigue divorciando, por lo que la media para nuestras generaciones debe ser algo más baja.
Mi conclusión, ante todo este torrente de pensamientos y reflexiones, es que el tipo de vida que nos permite llevar ésta sociedad no se adecua al modelo de pareja clásica, y que debemos buscar alternativas, en la mayoría de los casos, porque las hay. Pero lo más importante es saber que si mantener una pareja te supone un verdadero esfuerzo (relaciones tortuosas), es que no merece la pena luchar. E igualmente si no te supone esfuerzo y lo que te ofrece y ofreces a otra persona es agradable y placentero, sin necesidad de luchas, no debemos buscarle los tres pies al gato. Ni los 5.

Hace un tiempo descubrí un sello musical llamado “Vampisoul“, que puede que os suene a los más intrépidos indagadores musicales, pues ha ganado mucha popularidad. El sello se dedica, básicamente, a rastrear archivos sonoros de multitud de países, y además de producir discos de algún que otro grupo actual, su fuerte es el de los recopilatorios y compilaciones temáticas. Son espectaculares, casi estos álbumes que sacan. Música africana, latina, singles de algún estilo determinado, pero de grupos de países poco prolíficos en dichos géneros (como por ejemplo, canciones soul grabadas por grupos españoles en los años 60/70), y otras rarezas por el estilo. Yo me he descargado comprado mogollón de estos recopilatorios, pues son de una riqueza impresionante, y todos aquellos listeners alejados del mainstream, que por lo general suelen tener una mente y oídos abiertos, suelen disfrutar mucho de esta variedad.
Mi último descubrimiento es de ritmos latinos, mundo musical que por lo general, me provoca cierto rechazo, o al menos, me cuesta bastante escucharla. Mambo, son, merengue, bachata, incluso jazz latino, por lo general son ritmos muy machacones para mí, difícilmente ignorables. Pero Vampisoul ha conseguido que me guste, y mucho, uno de sus recopilatorios de cumbia, que dispone de joyas que mezclan sonidos propios de la misma cumbia, guitarras africanas, e incluso algunas pinceladas psicodélicas. Una maravilla, oyes! Se llama “Cumbia Beat Volumen 1“, me gusta una barbaridad. Puede que a vosotr@s también.
(Pincha para descargar el álbum, piratilla)
NOTA: la imagen está metida con calzador, pero no he podido evitar asociar la cumbia a las flying cholitas, luchadoras de wrestling de Bolivia, que compiten con trajes regionales. No puede haber nada más auténtico! Aquí varios vídeos, y aquí de una de las imágenes más alucinante y llamativa que he visto en mucho tiempo. So cool (and weird)!

Caso 1. Una chica (Y) de unos veintilargos está viéndose con un chico (X)de unos treintaypocos. Él vive sólo, y ella con sus padres. Los padres de ella son bastante abiertos, y no le prohíben prácticamente nada. Puede salir hasta la hora que le dé la gana (allende el amanecer), puede verse con quien le dé la gana, incluso (palabras casi textuales) puede follarse a quien le dé la gana. De repente, la madre de la Y, al darse cuenta de que a ésta le gusta quedarse a dormir a veces a casa de X, le dice que no, que haga lo que quiera hasta la hora que quiera, pero que a dormir a casa, nada de quedarse en casa de X. Evidentemente, Y se queda un poco sorprendida, porque no tiene ningún sentido. Tras una conversación entre Y y su madre, se desprende que ésta última tiene un miedo irracional hacia algo indefinido, y que no quiere que duerma en su casa, a menos que X vaya a conocerla. Se podría pensar que la madre tiene miedo de que X sea un psicópata y que mate a Y. Pero Y sabe, y así se lo hace saber a su madre, que si X fuese un psicópata, podría descuartizarla a cualquier hora del día, no es necesario esperar a que Y se duerma. O incluso, que si sale con su grupo de amistades hasta las tantas como si no hubiese mañana, podrían pasarle también infinidad de males. O si “puede follarse a quien le dé la gana cualquier noche”, las probabilidades de llevarse un susto son mayores que si está follándose únicamente a X. O al menos eso es lo que le dice el sentido común a Y.
Caso 2. Otro chico X tiene una moto. Su madre le recuerda constantemente que tenga cuidado, que son peligrosas. X lo sabe, pero le recuerda que ha estado trabajando de mensajero en moto en su juventud, y durante este tiempo ella no estaba constantemente “dándole la tabarra” sobre lo peligroso del vehículo, aunque el riesgo crecía exponencialmente, por una mera cuestión de tiempo, pues X se pasaba bastantes horas al día cruzándose la ciudad a velocidades y en situaciones altamente peligrosas. Igualmente, cuando X se va de viaje en vehículo (mayoritariamente en coche), la madre está preocupada, porque la carretera es peligrosa. En estas ocasiones X replica indicando que ha estado trabajando de repartidor con flagoneta, y que en ocasiones ha llegado a hacer más de 500 km en una única jornada, superando fácilmente los 1200 km semanales de media durante varios años. Y nuevamente aprovecha para recordarle que durante el tiempo en que repartía, ella no estaba sufriendo en casa, esperando a que entrase por la puerta o que le llamase cada 2/3 horas confirmándole que seguía vivo.
Como sé que sois listos, habréis detectado el elemento común en ambos casos: el miedo irracional. En realidad mi intención era buscar más ejemplos, donde no se repitiese el elemento “amor de madre”, que ya sabemos cómo suelen ser ellas. Pero ambos casos están protagonizados por esos seres queridos que nos acompañan con cariño, protección y taladro percutor a partes casi iguales, en muchas ocasiones. No obstante, me quedaré únicamente con la otra variable, que el poco sentido común que aplicamos a ciertas situaciones, cuando están implicados ciertos sentimientos. Es evidente que en ambos ejemplos impera un deseo protector, cuando se percibe un peligro potencial, aunque irreal, pues no es más visible o factible que otros muchos peligros que nos acechan a diario. Pero son situaciones tan fácilmente desmontables a nivel racional, que no tienen sentido, y más viniendo de personas que pueden entender fácilmente dichos argumentos o explicaciones. Me imagino que podría ponerse como ejemplo el asunto de los celos en las relaciones de pareja, donde uno de los dos, en según qué situaciones, piensa que el otro podría “dejarse llevar”, pero que a la vez, se descartan otros muchos donde, potencialmente, el riesgo es el mismo. Si nuestra pareja sale de noche con sus amig@s, pensamos que la posibilidad de que acaba a cuatro patas es muy muy superior a cualquier otra situación, cuando, en mi opinión, es mucho más fácil que te la peguen con algún compañer@ del curro, o hoy día, conociendo a alguien por Internet. Pero seguramente sigue habiendo mucha gente que, cada vez que su pareja sale por ahí sin ellos, le recuerdan que “tenga cuidado” con l@s buitres leonados que pueblan la noche, algo que no harán cuando, día a día, se despiden para irse a currar. Yo creo que no soy celoso, lo cuál implica que sé que cualquier pareja mía puede liarse con cualquiera, en cualquier momento, pero no me preocupo en exceso por situaciones concretas, o porque quede con personas concretas (amigos, ex-parejas, bla bla bla…). Seguramente, mi miedo irracional se presentará en otras situaciones, no lo dudo, pues creo que tod@s lo sufrimos de algún modo (menos los replicantes, claro ;), y llegado un momento, una situación, o ante una persona determinada, nuestra capacidad de razonar se desvanece, prevaleciendo el miedo. Qué cosas tenemos los humanos…

Ya escribí no hace mucho sobre la cantidad de tareas que tenía que hacer en un breve periodo de tiempo. Dicho periodo de tiempo ha pasado, y aunque mi lista de obligaciones ha disminuido (well, not actually. Acaban de aumentarse mogollón. Long story), la cantidad de cosas que quiero hacer (pleasure stuff, mostly) sigue aumentando. Creo que está directamente relacionado con mis características renacentistas. Es decir, tengo un montón de intereses diversos y variados, que no me sirven más que para acumular tareas en el “want (to read, to watch, to visit…) list”. Puro diogenismo virtual que añadir al “real” (aunque éste último descendió una barbaridad durante el tiempo en que compartí vivienda con una dulce muchachita ;)
Últimamente, mi sensación es que cada vez que me conecto a internet (it’s not only for pr0n. It really isn’t!!), me guardo/anoto una nueva tarea. A las ya habituales búsquedas de material cinematográfico, donde principalmente busco cine clásico (de los 70 hacia atrás), desde hace un tiempo se añaden las series tan maravillosas que se están produciendo en los últimos años. En ésta materia, ya he tomado una decisión bastante productiva. Después de pasar 6 años enganchado literalmente a Lost, y esperar jueves tras jueves un nuevo capítulo, pasé a acumular dos o tres capítulos de la serie de turno, y verlo al ritmo que me diese la gana. Ahora he ido más allá, y solo intento ver series ya finalizadas (como hacía mi amigo Fulgención), o en su defecto, ver temporadas completas, aunque las series estén en curso. ¿Pros? Se acabó eso de ver un capítulo cada semana, lo cuál es un coñazo, si la serie es realmente buena, por aquello de la adicción. ¿Contras? Que de repente te encuentras con 4 temporadas completas de las series que te molan (Breaking bad, Treme, Boardwalk Empire, Damages…), o incluso con mil temporadas de series ya finalizadas hace años (Seinfeld,. por ejemplo…). Si a eso le sumamos las 3/4 pelis semanales que suelo descargar, llegamos a una situación en la que no puedo, ni de lejos, visualizar todo el material adquirido…
Con el tema de la lectura me pasa lo mismo. Éste año apenas he leído literatura, cosa que el año pasado sí hice, pero por contra, estoy leyendo infinidad de blogs, diarios, artículos, revistas de pensamiento, sobre diversos temas (últimamente economía, mostly). Cada 2/3 semanas encuentro un nuevo blog, con muchísima información interesante, que implica nuevas lecturas. Lo que hago es añadirlo al lector de feeds (RSS), y cuando tengo tiempo y ganas, repaso cosillas. No obstante, en este mismo momento en que escribo, tengo 4167 feeds sin leer. No todos son entradas de “obligada lectura”, pues hay blogs sobre fotografía, diseño gráfico, humor… Pero vamos, que tampoco soy capaz de leer todo lo que me interesa. Además, sigo comprando religiosamente mi revista de Orsai, que añade más materia al almacen. En contrapartida, mi interés por el mundo informático ha disminuido una barbaridad. Ya no leo casi nada sobre tecnología, lo cuál antes sí ocupaba gran parte de mi tiempo de lectura delante del ordenador. Y también he notado que mis ganas de estar delante de la pantalla también han descendido, y estoy en una fase de desintoxicación internetística, que en parte también explicaría la acumulación.
Os cuento una pequeña curiosidad referente al internetismo: existe un debate en la comunidad científica sobre el grado de influencia que está provocando la red a nuestra manera de pensar, donde unos payos muy listos dicen que, debido al bombardeo de información que soportamos en la red, el grado de dispersión que presentamos ahora mismo ha aumentado, y por tanto, nuestra capacidad de concentración se ha mermado mucho (ya lo comentaba mi amigo Dexter en un comentario, años ha). Esto implicaría una teórica reducción de nuestra inteligencia, al no ser capaces de desarrollar ideas de gran profundidad sobre una materia concreta, debido a esta dispersión, que evita la profundización y teórica capacidad de asimilar ideas. Sin embargo otros payos también muy listos afirman que se están creando conexiones neuronales entre partes de la memoria que almacenan información sin relación aparente, algo así como que nuestra memoria está convirtiéndose en una perfeccionada base de datos relacional, con infinitos links de datos cruzados sobre distintas materias. Esto implicaría, por contra, que nuestro cerebro se está volviendo multidisciplinar, al ser capaz de “comprender y relacionar” con mayor facilidad materias diversas, aunque con menor profundidad, al no tener que almacenar toda la información (pues ya está en Internet). Aunque ambas posturas suenan coherentes, yo todavía no sé qué rellenar pensar al respecto. Quizá porque no soy (ni seré) tan listo como esos payos…
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Últimos vómitos